martes, 18 de mayo de 2010

En una rama cercana una urraca me mira y me guiña un ojo. Sé que me está diciendo que la vida es hermosa. Tal vez tenga razón, tal vez la vida pudiera ser siempre así de hermosa. Los frailes dicen que este mundo es una valle de lágrimas y que hemos nacido para sufrir. Pero no quiero creerles.

(...)

- ¿Sigues escribiendo tu libro de palabras?
La pregunta de Nyneve me sorprende. Me enderezo y la miro. Mi amiga, que también trabaja en el huerto, descansa apoyada en la azada.
-Si ¿Por qué?
-Porque quería regalarte una palabra, la mejor de todas.
-¿Ah, sí? ¿Cuál es?
-Compasión. Que, como sabes, es la capacidad de meterse en el prójimo y sentir con el otro lo que él siente.
-Si, me gusta, pero ¿por qué dices que es la mejor?
-Porque es la única de las grandes palabras por la que no se hiere, no se tortura, no se apresa, no se mata... Antes al contrario, evita todo esto. Hay otras palabras muy bellas: amor, libertad, honor, justicia... Pero todas ellas, absolutamente todas, pueden ser manipuladas, puedes utilizarse como arma arrojadiza y causar víctimas.
Por amor a su Dios encienden los cruzados sus piras, y por aberrante amor matan los celosos a sus amadas.
Los nobles maltratan y abusan de sus siervos en nombre de su supuesto honor; la libertad de unos puede suponer la prisión y la muerte para otros, y en cuanto a la justicia, todos creen tenerlade su parte, incluso las tiranos más atroces. Sólo la compasión impide estos excesos; es una idea que puede imponerse a sangre y fuego sobre los otros, porque te obliga a hacer justamente lo contrario, te obliga a acercarte a los demás, a sentirlos y entenderlos. La compasión es el núcleo de lo mejor que somos... Acuérdate de esta palabra, mi Leola. Y, cuando te acuerdes, piensa un poco en mí.

Historia del Rey Transparente. Rosa Montero.

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