Hace tiempo todos aceptamos que la depilación es un hábito bárbaro y machista que degrada a la mujer, y, sin embargo, cuando un hombre nos sugiere que dejemos de hacerlo, amenazamos con suicidarnos. Es la cera o la vida.
¿Cómo puede ser que hayamos podido abandonar el corsé y el miriñaque, o las calurosas enaguas con puntillas y no hayamos podido zafar de esta tortura?
El secreto por el cual nos depilamos reside en la privacidad de las camillas de los centros de belleza o en el corazón de cada botiquín del baño: a pesar de nuestras amargas quejas, arrancarnos esos pelos es una forma de felicidad.
Nos encanta extraerlos uno por uno y verlos pegados a la cera como millones de hormigas atrapadas en la arena. Podemos pasar horas mirando nuestras piernas como palomas buscando alimento en el piso de una plaza, buscándonos pelos en las cejas frente a un espejo, o admirando los rodillos de la depiladora eléctrica trabajar.
No puedo explicar por qué, pero despedirnos de ese vello que cosechamos en nuestro propio cuerpo, nos genera un doble sentimiento: la indignación de comulgar con un hábito tan salvaje, y la serena gratificación de quien realiza una artesanía.
2. Tenemos una falla en el sistema racional
Es muy común que una mujer interrumpa una actividad de rutina para llorar desconsoladamente. A veces sólo basta un pequeño traspié (se quema la comida o se derrama la sal) para tener un acceso de pena. Cuando esto sucede, los hombres quedan perplejos: no logran entender por qué lloramos, si hasta entonces "estábamos tan bien", y prefieren, entonces, pensar que estamos locas.
A pesar de lo que cree la mayoría, este vicio tan irritante no es un síntoma de demencia, es una falla en el sentido común llamada golpe de estado emocional; un instante de trágico descuido en el que las emociones pisotean y derrocan a la razón tomando el control absoluto de todo el cuerpo.
El sistema dramático envía agudas descargas de indignación al cerebro, y en menos de cuarenta segundos, congestiona el hemisferio izquierdo, produciendo episodios de crisis emotiva y profuso llanto. El encéfalo, desbordado y caliente como una molleja, redirige a la mujer a la manera de un escudo que rechaza toda argumentación racional o intento de postergar la disputa, recita extensos inventarios de suculentos reproches, estimula los lagrimales, y tiene violentos chispazos de ira demencial. Sólo después de varias horas, con el llanto entrecortado por el hipo, las emociones le restituyen el mando al sentido común, que nos duerme mansas y culpables hasta el otro día.
Es muy común que una mujer interrumpa una actividad de rutina para llorar desconsoladamente. A veces sólo basta un pequeño traspié (se quema la comida o se derrama la sal) para tener un acceso de pena. Cuando esto sucede, los hombres quedan perplejos: no logran entender por qué lloramos, si hasta entonces "estábamos tan bien", y prefieren, entonces, pensar que estamos locas.
A pesar de lo que cree la mayoría, este vicio tan irritante no es un síntoma de demencia, es una falla en el sentido común llamada golpe de estado emocional; un instante de trágico descuido en el que las emociones pisotean y derrocan a la razón tomando el control absoluto de todo el cuerpo.
El sistema dramático envía agudas descargas de indignación al cerebro, y en menos de cuarenta segundos, congestiona el hemisferio izquierdo, produciendo episodios de crisis emotiva y profuso llanto. El encéfalo, desbordado y caliente como una molleja, redirige a la mujer a la manera de un escudo que rechaza toda argumentación racional o intento de postergar la disputa, recita extensos inventarios de suculentos reproches, estimula los lagrimales, y tiene violentos chispazos de ira demencial. Sólo después de varias horas, con el llanto entrecortado por el hipo, las emociones le restituyen el mando al sentido común, que nos duerme mansas y culpables hasta el otro día.
3. Creemos que 10 + 10 es igual a 7
Las mujeres tenemos una matemática simbólica paralela. Mientras para el resto del mundo un número es un número, para nosotras son dos: el que decimos, y el que callamos. Las modelos, por ejemplo, tienen 90 centímetros de cadera; todas las demás mujeres, obviamente, tienen más, mucho más. Y sin embargo ¿Alguien escuchó jamás a una amiga decir que tiene «un metro» de contorno?
Lo mismo sucede con el peso: todas las mujeres pesamos 49 ó 59 kilos, y, si somos muy grandotas, 69, pero ninguna acusa 62 o 71. Nadie sabe tampoco quién usa talle large o extra large; porque todas somos (como mucho) medium, talle 1 ó 2 de medias, y 37 de zapatos. Tampoco es fácil descubrir la edad: todas las mujeres tenemos 29 ó 38 ó 49 años y medio; en 1977 y 1967 no nació nadie. Menos aún puede saber un marido «cuánto costó la remerita», porque siempre, absolutamente siempre, «estaba de oferta». Por último, nadie puede confirmar la cantidad de amantes que tuvo su novia antes, porque hay muchos "que no cuentan" y otros que es mejor olvidar.
Las mujeres tenemos una matemática simbólica paralela. Mientras para el resto del mundo un número es un número, para nosotras son dos: el que decimos, y el que callamos. Las modelos, por ejemplo, tienen 90 centímetros de cadera; todas las demás mujeres, obviamente, tienen más, mucho más. Y sin embargo ¿Alguien escuchó jamás a una amiga decir que tiene «un metro» de contorno?
Lo mismo sucede con el peso: todas las mujeres pesamos 49 ó 59 kilos, y, si somos muy grandotas, 69, pero ninguna acusa 62 o 71. Nadie sabe tampoco quién usa talle large o extra large; porque todas somos (como mucho) medium, talle 1 ó 2 de medias, y 37 de zapatos. Tampoco es fácil descubrir la edad: todas las mujeres tenemos 29 ó 38 ó 49 años y medio; en 1977 y 1967 no nació nadie. Menos aún puede saber un marido «cuánto costó la remerita», porque siempre, absolutamente siempre, «estaba de oferta». Por último, nadie puede confirmar la cantidad de amantes que tuvo su novia antes, porque hay muchos "que no cuentan" y otros que es mejor olvidar.
4. Regamos sus secretos por todos lados
Las mujeres tenemos un sentido de la privacidad muy difuso. Mientras los hombres apenas si le dicen a sus amigos que están saliendo con una chica, nosotras vomitamos toda la información luego de la primera salida. Entre amigas, las confidencias viajan como un malón de indios borrachos que van a saquearlo todo. Hablamos tanto, que destruimos el tabique de intimidad que separa a la una de la otra. Somos como dos celulares con bluetooth, como un extenso túnel que nunca dobla, como una cuadra de casas sin medianera.
Si bien los hombres conocen esta debilidad, no se imaginan al grado de indiscreción al que podemos llegar. Ignoran que esa amiga que viene a casa tan seguido sabe absolutamente todo sobre ellos. Que conoce todos sus movimientos en la cama como si los hubiera espiado. Que sabe que cuando eran chicos se tocaban con sus primas y jugaban con las muñecas de sus hermanas. Ignoran que a esa amiga se le desprendió la laringe de tanto reírse cuando supo que lloraron con Bambi y con la despedida de los almuerzos de Mirtha Legrand; que los detesta porque nos dejaron plantadas o nos hicieron llorar, y que nos aconseja que los dejemos cada vez que le contamos la última estupidez que hicieron.
Las mujeres tenemos un sentido de la privacidad muy difuso. Mientras los hombres apenas si le dicen a sus amigos que están saliendo con una chica, nosotras vomitamos toda la información luego de la primera salida. Entre amigas, las confidencias viajan como un malón de indios borrachos que van a saquearlo todo. Hablamos tanto, que destruimos el tabique de intimidad que separa a la una de la otra. Somos como dos celulares con bluetooth, como un extenso túnel que nunca dobla, como una cuadra de casas sin medianera.
Si bien los hombres conocen esta debilidad, no se imaginan al grado de indiscreción al que podemos llegar. Ignoran que esa amiga que viene a casa tan seguido sabe absolutamente todo sobre ellos. Que conoce todos sus movimientos en la cama como si los hubiera espiado. Que sabe que cuando eran chicos se tocaban con sus primas y jugaban con las muñecas de sus hermanas. Ignoran que a esa amiga se le desprendió la laringe de tanto reírse cuando supo que lloraron con Bambi y con la despedida de los almuerzos de Mirtha Legrand; que los detesta porque nos dejaron plantadas o nos hicieron llorar, y que nos aconseja que los dejemos cada vez que le contamos la última estupidez que hicieron.
5. Somos amazonas
Cuando una mujer descubre que su marido la engaña lo primero que pregunta no es: "¿Por qué lo hiciste?", sino "¿Quién es ella?". No le interesan los motivos de la traición; lo que le importa saber es si la otra era más joven o más linda, si era mejor en la cama, en dónde se conocieron y cuantas veces tuvieron sexo.
Las mujeres, a diferencia de lo que los hombres creen, estamos en constante conflicto con nuestro género. Ellos son, cuando mucho, personajes secundarios. Cuando vamos a un casamiento, por ejemplo, no nos importa llevar compañía para bailar o para conversar entre comidas. Necesitamos llevar pareja para que el resto de las mujeres no puedan jugar la carta de: "yo tendré tres pibes y pareceré un colchón mal atado pero vos ni tenés marido", y nosotras podamos, en cambio, mostrar nuestro juego: "Mientras vos fregás pañales de rodillas yo tomo cocktails con sombrillitas y me burlo de vos".
Cuando una mujer descubre que su marido la engaña lo primero que pregunta no es: "¿Por qué lo hiciste?", sino "¿Quién es ella?". No le interesan los motivos de la traición; lo que le importa saber es si la otra era más joven o más linda, si era mejor en la cama, en dónde se conocieron y cuantas veces tuvieron sexo.
Las mujeres, a diferencia de lo que los hombres creen, estamos en constante conflicto con nuestro género. Ellos son, cuando mucho, personajes secundarios. Cuando vamos a un casamiento, por ejemplo, no nos importa llevar compañía para bailar o para conversar entre comidas. Necesitamos llevar pareja para que el resto de las mujeres no puedan jugar la carta de: "yo tendré tres pibes y pareceré un colchón mal atado pero vos ni tenés marido", y nosotras podamos, en cambio, mostrar nuestro juego: "Mientras vos fregás pañales de rodillas yo tomo cocktails con sombrillitas y me burlo de vos".
6. Somos puro envoltorio
No es ningún secreto que las mismas mujeres que se ofenden por una grosería, en la intimidad son mucho menos remilgadas. Sin ir más lejos, los hombres -que intuyen esta hipocresía- suelen preguntarnos incisivamente qué hacemos cuando estamos solas. Sin embargo, estos curiosos apenas sospechan el grado de impostación a la que podemos llegar.
Las mujeres que apenas comen en una cita, por ejemplo, llegan a su casa y se atoran con galleta rancia, desgarran un salame entero con los colmillos y apuran una lata de salsa de tomate de un trago.
Aquellas que censuran a un hombre por limpiarse con el puño, son las mismas que pescan medibachas del canasto de la ropa sucia antes de ir a trabajar, eructan como un albañil descompuesto delante de las amigas y comparten con su gato un yogur a la mañana.
Y también están las que se escandalizan cuando alguien les grita cochinadas por la calle, y luego escupen cuando nadie las mira.
No es ningún secreto que las mismas mujeres que se ofenden por una grosería, en la intimidad son mucho menos remilgadas. Sin ir más lejos, los hombres -que intuyen esta hipocresía- suelen preguntarnos incisivamente qué hacemos cuando estamos solas. Sin embargo, estos curiosos apenas sospechan el grado de impostación a la que podemos llegar.
Las mujeres que apenas comen en una cita, por ejemplo, llegan a su casa y se atoran con galleta rancia, desgarran un salame entero con los colmillos y apuran una lata de salsa de tomate de un trago.
Aquellas que censuran a un hombre por limpiarse con el puño, son las mismas que pescan medibachas del canasto de la ropa sucia antes de ir a trabajar, eructan como un albañil descompuesto delante de las amigas y comparten con su gato un yogur a la mañana.
Y también están las que se escandalizan cuando alguien les grita cochinadas por la calle, y luego escupen cuando nadie las mira.
7. Somos víctimas del amor colectivo
Todas las mujeres compartimos sin saberlo un tórrido amorío unilateral. Como telépatas programadas nos enamoramos, sin premeditación, de un mismo hombre al mismo tiempo. Durante mucho tiempo ignoramos este tibio sentimiento que trasciende nuestros gustos personales, hasta que un día, viendo una película o una serie de televisión, nuestros suspiros se encuentran y la verdad sale a la luz. En una época fue Brad Pitt, luego vino George Clooney, después Russell Crowe y hasta hace poco, Jude Law.
genial :D
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